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¿Cambiará la relación entre Argentina y Brasil a partir de Bolsonaro?

A pocas semanas del evento internacional más importante de la historia argentina, la reunión del G20 en Buenos Aires, dos hechos ponen en claro uno de los principales desafíos que tiene y tendrá la política exterior argentina en el corto, mediano y largo plazo. En otras palabras, esos temas que requieren visiones prudentes y consensos o, como se suele decir, políticas de Estado. Nos referimos a las fuertes versiones acerca de la llegada al país del presidente Donald Trump un día antes para tener una reunión bilateral con su par argentino. Asimismo, está confirmada la permanencia por un día más pos conclusión del G20 del mandatario de China, Xi Jinping.

Dos países claves en lo económico y en lo estratégico para el futuro argentino y para muchos otros países en todos los continentes. Entre ambos representan casi el 40% del PBI mundial y más del 50% del gasto militar del mundo. No casualmente el mundo académico de las relaciones internacionales viene estudiando intensamente ejemplos pasados de competencias estratégicas entre un hegemón y un aspirante a reemplazarlo, y qué factores los han llevado al conflicto armado o a la mutua adecuación. Las estadísticas por el momento no son alentadoras. De los 15 casos más importantes en los últimos 500 años, 12 terminaron en guerra y 3, de manera pacífica. Los próximos 20 a 30 años nos dirán si pasamos a 13 o a 4. En una era nuclear como la que vivimos y viviremos, sin duda, de ser la cuarta, sería la última de la humanidad.

De más está decir el papel clave que ha tenido la administración Trump en los últimos meses para que la Argentina pudiese acceder en momentos críticos de su estabilidad cambiaria a un paquete de asistencia de 58 mil millones de dólares del FMI. Hasta hace poco tiempo, los analistas económicos nacionales y extranjeros descartaban que se pudiese llegar a una cifra de esa magnitud. Con calculadora en mano, argumentaban que como máximo podría rondar entre 23 y 30 mil millones de dólares. La histórica propensión de nuestro círculo rojo de ser pro cíclicos, o sea, cuando hay pánico e incertidumbre, potenciar ambos sentimientos. Cuando hay euforia y desmesura, alentarla también. Ni buenos ni malos, solo incorregibles. Todo condimentado por referencias al pasar en sus análisis sobre la posibilidad de asamblea legislativa y elecciones anticipadas.

La para muchos inesperada duplicación de este monto de ayuda tiene un nombre y un apellido, Donald Trump. La decisión de la Casa Blanca y sus asesores fue no dejar caer a la Argentina. En buena hora que se haya tomado conciencia de los efectos perturbadores para la región y los intereses de largo plazo de los Estados Unidos que generó dejar caer en default a nuestro país en el 2001 por un saldo impago de dos mil millones de dólares. Un mérito del presidente Mauricio Macri y su equipo de política exterior en la Cancillería y en la Casa Rosada fue haber establecido esa relación personal con su par americano, así como con otros actores centrales del tablero internacional. Esa inversión en gestos, conversaciones y reuniones tuvo su fruto y le da a la Argentina la posibilidad de encarrilar su economía. Desde ya, nuestro círculo rojo estará de acá a fines de diciembre argumentando que se lograron avances en la estabilidad cambiaria, pero que ahora el riesgo es lo social. Al mismo tiempo que piden más ajuste en el gasto. Una verdadera cuadratura del círculo, valga la redundancia.

Si la relación con Washington es por demás estratégica para la Argentina, no cabe dejar de tomar en consideración el ascendente rol de China. Ya en su condición de segunda economía a escala mundial y el principal comprador de materias primas del mundo. Un elemento clave para nuestro sector exportador, tanto en el campo agropecuario como en el de minería y energía. Asimismo, la potencia asiática tiene un rol muy activo en grandes créditos a bajas tasas de interés para el desarrollo de proyectos como represas hidroeléctricas en la Patagonia y una futura central nuclear dotada de uranio levemente enriquecido en nuestro país. Previsto su inicio para antes del 2022 y por un valor de entre 8 y 9 mil millones de dólares. Si bien hace años que nuestro país importa más que lo que exporta a China, sin duda es uno de los jugadores más dinámicos en la venta de la amplia variedad de materias primas que producimos. El avance a toda orquesta de China en la economía global en la pasada década fue el motivo central del boom del precio de la soja cuando se acercó a los 600 dólares, vis-à-vis los menos de 300 de hoy, y el barril de petróleo a 100 dólares. Sin esos ingresos extraordinarios sería difícil explicar la potencia política y electoral que tuvieron años atrás los populismos con discursos de izquierda en la Argentina, Venezuela y aun el mismo Brasil. Asimismo, cabe recordar la decisión del anterior Gobierno argentino de autorizar la construcción de una antena de monitoreo satelital en la Patagonia con operadores chinos por los próximos 50 años.

Llevar a cabo un delicado e inteligente equilibrio para evitar fricciones graves con las dos principales potencias del sistema internacional dista de ser una problemática exclusivamente argentina. El tema China ha estado muy presente en la reciente campaña electoral brasileña. En algún momento el electo Jair Bolsonaro afirmaba que no tenía problemas en que la potencia asiática comprase en su país, pero no que comprara al Brasil. Asimismo, en todo momento marcó claros mensajes de elogio por la estrategia internacional impulsada por Trump. Sin duda, desde comienzos de la década de los años 70, cuando la política exterior de nuestro vecino y socio estratégico comenzó a tomar cierta distancia de décadas de alineamiento con los Estados Unidos, tanto de gobiernos civiles como militares, que no se veía posturas de este tipo por parte de un firme candidato a asumir la presidencia.

¿Eso implica que, a partir del 1º de enero 2019, Brasilia pasará a un alineamiento automático con la superpotencia occidental? Muy poco probable. Sin duda los gestos serán por demás fuertes y amigables entre Trump y Bolsonaro. El próximo primer mandatario brasileño no tiene limitaciones de estrategia electoral o de comunicación que le desaconsejen asumir agendas y posturas propias de la derecha política y democrática. Tal como se ve en los Estados Unidos, en Europa y países de Asia. Eso no está mal ni está bien, sino que responde a las realidades actuales e históricas del Brasil.

Pero una mirada más profunda y estructural del futuro del vínculo de Brasilia con Washington nos mostrarán factores que no son fáciles de cambiar meramente con buena química y afinidad ideológica entre los gobernantes. Uno de ellos es el campo de los desarrollos nucleares. En especial aquellos ligados al campo de defensa y uso militar. La administración Trump tiene el claro propósito de reforzar la extensión y rol de cuestiones como el protocolo adicional en el campo nuclear, que por el momento Brasil no se muestra dispuesto a firmar. Asimismo, ya desde fines de la década de los 80 las Fuerzas Armadas del Brasil en general y del Ejército en particular tienen como una de sus principales hipótesis de conflicto la eventual injerencia de una potencia o superpotencia extrarregional en la zona amazónica. También, parece difícil imaginar un desbarranque brusco de la relación con China y un comercio bilateral que supera los 75 mil millones de dólares.

La diplomacia brasileña ha llevado a cabo una estrategia constante e inteligente de darle contenido político y estratégico al denominado espacio de los BRICS, o sea, Brasil, Rusia, China, India y más recientemente Sudáfrica. Lo que nació a comienzos de siglo como una sigla de Wall Street para la colocación de bonos de estos países emergentes, se le fue dando, con particular esfuerzo y énfasis brasileño, una forma más estratégica y con el claro objetivo de mostrar la existencia de un mundo más multipolar que iba dejando atrás la unipolaridad de los Estados Unidos pos colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Todo ello acompañado por el histórico objetivo de Brasilia de contar con una banca permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Aspiración que hace poco más de una década llevó al Brasil a articular una fuerte iniciativa conjunta con otros aspirantes a esos lugares como Alemania, Japón y la misma India. Sin duda, la crisis política y económica que afrontó Brasil en los últimos años y el para muchos inesperado triunfo de Macri en el 2015, más su ratificación electoral en las elecciones legislativas del 2017 con la derrota del kirchnerismo con su principal espada a la cabeza en la provincia de Buenos Aires, hizo que la Argentina pasase a ser vista en Washington y otras capitales del mundo occidental y democrático como un ejemplo a respaldar tanto en lo gestual como en lo material. La idea de que hay salida no violenta de populismos con retóricas y acciones contrarias a esa constelación occidental. Es lógico y comprensible que la nueva administración del Brasil busque de manera clara y contundente marcar el regreso del país al rol de principal foco de atención en la región.

Eso no debe disgustar a ningún país en general ni a la Argentina en particular. Luego de las euforias iniciales, los problemas, los desafíos y las trabas que caracterizan el mundo real del imaginado, entrarán en escena. Allí nuestros presidentes, Macri y Bolsonaro, tendrán el rol de un relanzamiento fuerte y pragmático de la relación bilateral. Entendiendo qué cosas preservar, qué cosas cambiar y qué cosas agregar en el temario binacional. Tal como lo hicieron lúcidamente en su momento Alfonsín con Neves y luego con Sarney o el mismo Menem con Cardoso. La lucha contra el poder devastador y desestabilizador de los grupos armados del narcotráfico con su fuerza de fuego y corruptora, los efectos colaterales de las tensiones comerciales y económicas entre Estados Unidos y China; el eventual impacto en la estabilidad internacional de escaladas militares en el Medio Oriente y sus consecuencias en el precio del petróleo y de las tasas de interés internacionales; el aporte de ideas y mecanismos prácticos y viables que ayuden a amortiguar los padecimientos en el colapso de Venezuela; las tensiones que se podrían generan en Bolivia en la próxima contienda electoral y contar con un nuevo marco mutuamente conveniente a la relación en materia de medidas de confianza mutua y de cooperación en el área nuclear y de tecnologías sensibles como los misiles y el uso del espacio, son de las más relevantes.

Tanto Bolsonaro como Macri saben del ninguneo a los que fueron sometidos por los políticos tradicionales y de los círculos rojos intelectuales. Ambos heredaron agudas crisis económicas y tienen en claro el posicionamiento de sus países de manera pragmática en el mundo pero sin renunciar a la idea de pertenecía al mundo occidental. Ambos gobiernan países en donde los actores políticos más confrontativos y con ansias de volver al poder basan su fuerza electoral en las zonas más pobres y marginadas del país. O sea, una clientela política que crece cuando peor se pone la situación económica y social. El famoso "cuanto peor mejor". Un buen terreno en común para que ambos líderes articulen una relación personal y de confianza, que supere taras, inercias y cantos de sirenas que puedan impulsar a debilitar la relación entre ambos países. Que, cabe recordar, tuvo su paso fundamental en 1979, cuando el entonces general Figueiredo, presidente del Brasil, viajó a la Argentina para poner fin a la hipótesis de conflicto por los usos de los grandes ríos entre ambos países. Momento clave que luego sería reforzado y ampliado en su alcance y sus metas compartidas por los gobiernos democráticos posteriores.

El autor es licenciado en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires, magíster en RRII por la Universidad de Bologna. Profesor en UCA, CEMA, Bologna y Siglo 21 de Córdoba.

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