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No seamos idiotas útiles: es necesario cuidar (mucho) a los mayores de 70

El Gobierno porteño dispuso un permiso para que los mayores de 70 puedan salir a la calle (Franco Fafasuli/)

Hace dos sábados tuve una mala noticia. Me llamó mi médico. El tipo es una eminencia, pero no siempre tiene buen carácter.

-Te vengo escuchando en la radio. Hace dos semanas que estamos en cuarentena y vos andás por ahí. Te tenés que quedar en tu casa. Es un tema serio.

Esperaba el llamado. Desde que empezó la crisis del coronavirus, cada vez que muere alguien de mi edad, o más joven, miro de reojo las causas de su muerte, si murió porque le tocó o porque tenía una “comorbilidad”, otra de las palabrejas de este tiempo: aplanar la curva, vector, cuarentena, distancia social, barbijo N23, expertos, caso cero, comorbilidad. Imagino que todos los que tenemos más de cincuenta lo hacemos, como una manera de confirmar que estamos a salvo, o de angustiarnos.

Yo tengo dos razones que me transforman en población de riesgo, aunque no demasiado: en el límite. Desde joven convivo con un asma leve, y desde hace algunos años con una hipertensión muy manejable. Nada que me impida vivir, nada a lo que le preste demasiada atención. Con lo cual, había decidido hacerme el gil y seguir con mi vida.

-Es un mal ejemplo que yo me guarde -le dije a mi médico-. Hay personas que están arriesgándose mucho y van a trabajar. No debe ser lindo para ellos ver cómo otros, que estamos mucho más protegidos, decidimos quedarnos en nuestras casas.

El argumento que me dio fue lapidario.

-Parece que no entendés lo que pasa. En pocas semanas, puede ser que las terapias intensivas colapsen. En esos días se va a jugar la vida de mucha gente, y de muchos médicos. ¿De verdad crees que tenés derecho a ocupar la cama de otra persona por hacerte el héroe? El mal ejemplo es que una persona pública como vos exponga su irresponsabilidad. Alienta a otros a hacer lo mismo.

No era un planteo abstracto: mi médico, si las cosas se complican mucho, va a estar en primera línea porque es intensivista. Verá morir gente a diario y, tal vez, a alguno de sus compañeros. Si quiero hacerle el trabajo más liviano, no tengo alternativa: mientras pueda, debo quedarme en mi casa. No me dio para decirle no me tomes por tonto, me estás aplicando un estado de sitio selectivo, me estás discriminando por hipertenso, respetá mi derecho a ser libre. Me hubiera muerto de vergüenza.

La ciudad de Buenos Aires, vacía (Walter Carrera)
La ciudad de Buenos Aires, vacía (Walter Carrera)

En estos últimos meses, el mundo democrático está atravesado por un dilema muy difícil de resolver: hay una tensión evidente entre la defensa de la vida y la defensa de la libertad.

Algunos de los estados con mayor tradición democrática del planeta han tomado decisiones que restringen la capacidad de circular, de manifestar, de trabajar, de llevar la vida que se nos cante. Policías, militares y gendarmes patrullan las calles de la democracia y recuperan un rol central que no les corresponde. Se utilizan aplicaciones para monitorear la salud de la gente y el recorrido que hace cada persona en nombre de la salud. Para quienes tenemos una sensibilidad especial frente a cualquier abuso del estado es lógico que esto genere reacciones, suspicacias, dudas, preguntas y hasta la necesidad de desobedecer.

La manera en que se planteó el debate mundial sobre el tema es muy esclarecedora. Los referentes de la supuesta lucha por la libertad y en contra de las medidas restrictivas son personajes como Donald Trump o Jair Bolsonaro. Entre los que promueven, en cambio, las cuarentenas, quedarnos en casa, figuran dirigentes que siempre han sido más respetuosos de las libertades. En Europa, la socialcristiana Angela Merkel o el socialdemócrata Pedro Sanchez. En América, el demócrata Andrew Cuomo.

El presidente de los EEUU Donald Trump (REUTERS/Leah Millis)
El presidente de los EEUU Donald Trump (REUTERS/Leah Millis) (LEAH MILLIS/)

La Argentina, como se sabe, se sumó a esta última perspectiva, liderada por un peronista como Alberto Fernández y un liberal como Horacio Rodriguez Larreta. Ambos cerraron filas en contra de la perspectiva de privilegiar la economía antes que nada, una idea que algunos quijotes siguen defendiendo contra la abrumadora evidencia de que no protege la economía y, al mismo tiempo, riega las calles de cadáveres: es lo que sucede en Brasil, Estados Unidos y también en el Reino Unido de Boris Johnson.

En Estados Unidos esta semana ocurrió un hecho que expresa los niveles a los que puede llegar la estupidez humana. Miles de personas manifestaron en contra de la cuarentena, alentados por el presidente Trump. “Hay que liberar los estados de esos gobernantes demócratas”, dijo Trump. En la capital de Michigan, unos rubios grandotes en mamelucos, y portando ametralladoras, se exhibían con carteles en nombre de la libertad. Live Free or Die, se leía. Ese mismo día morían por coronavirus en Estados Unidos 4.500 personas. Parece muy loco. Era imposible ver esas manifestaciones sin pensar cuántos muertos generarían en pocas semanas.

Es raro pero también habitual: algunas personas que pelean por la “libertad” son los que habitualmente desprecian a las minorías. Odian a inmigrantes, negros, judíos, homosexuales, a las mujeres rebeldes. Pero están a favor de la libertad. En este caso, de la libertad de morir, o de contagiar y matar. Los principios que defienden, en la mayoría de los casos, pero especialmente en este, no son los de la libertad sino los de la crueldad: no les importa que la gente muera. “Es un riesgo que tomo. Si fallo, van a venir por mí”, dijo Bolsonaro, centrado en su notable ombligo: antes de ir por él, morirá muchísima gente, como está ocurriendo en estos minutos en Brasil.

La discusión que se dio en estos días sobre qué requisitos deben cumplir los mayores de 70 para salir a la calle, trastoca un poco esa lógica. Personas democráticas como Beatriz Sarlo o Graciela Fernandez Meijide quedaron alineadas de repente con los matones de Michigan: la libertad antes que todo. ¿De qué libertad hablan? ¿La de morir? ¿La de contagiar? ¿La de ocupar una cama que tal vez le corresponda a otros? Graciela y Beatriz son personas muy respetables, a las que conozco desde hace décadas, y por las que además tengo cariño personal. Tal vez a ambas les pase lo mismo que me pasaba a mí hace un par de semanas, antes de recibir la llamada de mi médico: no entendía lo que estaba en juego.

Con mil críticas, que las hago habitualmente en mi programa de radio y en esta columna, a mí me conforma la manera en que Fernández y Rodriguez Larreta han conducido esta crisis. Estoy convencido de que si no hubieran tomado las traumáticas decisiones restrictivas que tomaron, hoy estaríamos como Brasil: el primer caso llegó a ese país al mismo tiempo que a la Argentina, hoy multiplica por veinte la cantidad de muertos.

Beatriz Sarlo criticó con dureza la medida del gobierno porteño (Crédito: Santiago Saferstein)
Beatriz Sarlo criticó con dureza la medida del gobierno porteño (Crédito: Santiago Saferstein) (Santiago Saferstein/)

Pero creo que el desenlace de esta historia que recién empieza no depende de Fernández y Rodriguez Larreta sino de mucha más gente. Cuando una figura pública se indigna frente a una medida restrictiva está dando un ejemplo, estimulando determinado tipo de conductas, y si lo que hace es estimular una conducta incorrecta, en este caso, puede estar contribuyendo a que se produzcan situaciones muy dramáticas.

Lo mismo pasa con los medios de comunicación. Por momento, parecía que ayer había unanimidad respecto de que se estaban vulnerando los derechos de los ancianos. La medida anunciada por el gobierno porteño, claro, es controvertida. Tal vez debería afinarla un poco. Pero, ¿se estaba peleando por los derechos de los mayores o se los estaba desprotegiendo? Y si se los desprotege, se los estimula a salir, ¿qué pasará en algunas semanas con la cantidad de camas en terapia intensiva? Cuando se pone todo esto en perspectiva, la pelea por el derecho a hacer lo que a cada uno se le canta parece un poquito frívola: trumpismo puro y tonto.

Mi madre es una mujer muy orgullosa y tiene razones para serlo. Tuve que discutir con ella para que se cuide de verdad. Porque parece que a uno esto no le puede pasar, pero cuando le ocurre, a determinada edad, puede matar y se trata además de una muerte especialmente horrible: en soledad, rodeado de desconocidos que no tienen tiempo para prestarte atención, enchufado a un respirador que no alcanza. No quiero que le pase eso. Y me parece bien que el Estado entable esa discusión, y de manera muy terminante, con las personas de su edad. De ninguna manera intentaba yo restringir la libertad de mi mamá, sino cuidarla porque no quiero que se muera. Tal vez sea la obligación de todos y sería una canallada que un gobernante no lo hiciera.

En pocos días, millones de argentinos saldrán a la calle. De hecho, ya ha empezado a ocurrir. Si los mayores de setenta siguen en contacto con ellos, tendrán muchas posibilidades de morir. Los titulares en contra de cuidarlos, las dignas advertencias en defensa de la libertad individual prescinden de ese detalle. Yo creo que es momento de cuidarnos, y de cuidar a nuestros mayores. Pero no solo por nuestras vidas: en todo caso cada cual puede morir como se le ocurre. Descuidarse -descuidarlos- es poner en riesgo la vida de muchas personas, entre ellas médicos y medicas, enfermeros y enfermeras, kinesiólogos y kinesiólogas, personal de limpieza de las terapias intensivas.

"No entendés lo que está en juego", me dijo mi médico hace dos semanas.

Tenía razón: no lo entendía.

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