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16 años en funeraria no lo prepararon para lo que vive hoy

BARCELONA (AP) — Dieciséis años trabajando en una funeraria no prepararon a Jordi Fernández para el espectáculo de cientos de cadáveres que se apilan en la funeraria de Barcelona donde trabaja.

Muchas son víctimas del COVID-19.

Fernández se siente abrumado. Su trabajo es preparar los cadáveres para los funerales, disimulando “los colores de la muerte” y dándoles a los cuerpos un aspecto de paz y serenidad.

Pero desde que se declaró un estado de emergencia el 14 de marzo, las casas funerarias de España deben seguir estrictos protocolos para evitar contagios. Fernández no puede “arreglar” los cadáveres y los familiares de los muertos no pueden verlos por última vez antes de enterrarlos.

Hoy por hoy los cadáveres infectados no pueden ser retirados de las bolsas selladas en que los colocan. Son depositados en los féretros como llegan, algo que Fernández y sus compañeros hacen con sumo cuidado.

“Me gusta apoyar la cabeza en el almohadón porque es para siempre”, dijo Fernández conteniendo las lágrimas. “Es una forma de mostrar respeto y de darles un poco de cariño”.

Fernández observó desde afuera un estacionamiento subterráneo que está siendo usado como morgue en el que había unos 500 cadáveres de personas que murieron o se sospecha que murieron por el COVID-19.

“Jamás me imaginé una situación como la que estamos viviendo”, manifestó.

El espacio administrado por los Servicios Funerarios Mémora fue equipado con un acondicionador de aire para preservar los cadáveres en momentos en que los cementerios y crematorios no dan abasto para satisfacer la demanda.

El virus mató a casi 19.000 personas en España, según las autoridades, que solo toman en cuenta los casos confirmados, en los que a las víctimas se les detectó el virus. Pero las casas funerarias saben que la cifra es seguramente mucho más alta. Fernández dice que reciben cinco veces la cantidad normal de cadáveres.

El viernes por la noche las autoridades de salud de Cataluña dieron a conocer por primera vez la cifra de muertos por el virus generadas por las casas funerarias. Indican que 7.097 personas fallecieron por causas relacionadas con el COVID-19 en el noreste del país, casi el doble de la cantidad reportada por las autoridades, que hasta ahora solo contabilizaban los muertos en hospitales y geriátricos.

En general, el nuevo coronavirus causa síntomas leves o moderados, como fiebre y tos, aunque en algunos casos, sobre todo con ancianos y gente con problemas de salud, puede provocar problemas graves y la muerte. Unas 137.000 personas fallecieron por el virus a nivel mundial, según cifras de la Universidad Johns Hopkins que expertos dicen que se quedan cortas.

La demanda de cremaciones es tan alta en Barcelona que incluso con los cuatro hornos de la ciudad operando las 24 horas del día, los siete días de la semana, las autoridades consideraron la opción de almacenar los cadáveres en sitios temporales.

En los cementerios, donde se dispuso que no más de tres personas pueden acompañar un féretro, la gente les pide a los sepultureros que abran el ataúd para confirmar que la persona adentro es realmente su ser querido, según Fernández. Los sepultureros tienen que rechazar esos pedidos.

“Te estremece el alma tener que decirles ‘no, no podemos hacerlo’”, dijo Fernández. “Les explicamos que es una forma de contener la pandemia. Pero cuesta aceptarlo. Es muy injusto”.

Fernández lo experimentó en carne propia. La abuela de su esposa falleció hace poco por complicaciones relacionadas con el COVID-19 y ni siquiera él pudo ver el cadáver.

En el garaje refrigerado los autos fueron remplazados por hileras de ataúdes. El personal trabaja las 24 horas, cotejando los números del lote de estacionamiento con los nombres en los cadáveres.

El tráfico de entrada y salida es intenso. Camionetas blancas llevan los cadáveres que recogen en hospitales, geriátricos y residencias privadas, y carrozas fúnebres los trasladan a su destino final, uno por uno.

Fernández y sus compañeros tratan de enfocarse en su trabajo, pero dicen que cada vez cuesta más hacerlo.

“Enfrentamos la muerte todos los días, la aceptamos y para nosotros es algo normal”, dijo Fernández. “Pero cuando lo piensas un poco, comprendes que en cada ataúd hay una persona, una familia, una historia. Ahí es cuando todo esto te golpea y te sientes abrumado”.

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